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Las empresas sociales nacen con el objetivo primordial de crear valor social. De hecho, la búsqueda de dicho valor es el motor central de su nacimiento. Ofrecen a la sociedad respuestas a determinadas problemáticas o generan nuevas oportunidades que contribuyen a su mejora, ponen el mercado al servicio de la sociedad.

Debido a la actual crisis económica el número de personas en situación o riesgo de exclusión, que presentan una fuerte desprotección, está creciendo rápidamente. La situación es cada vez más preocupante, sobre todo en el caso de los jóvenes y discapacitados.

Empleo e inclusión social se configuran como dos áreas difícilmente disociables, en la medida en que el acceso y permanencia en un puesto de trabajo de calidad supone la vía principal para el sostenimiento de un nivel de renta y calidad de vida apropiados, a la vez que contribuye al refuerzo de los vínculos sociales y comunitario.

La oferta pública educativa dirigida al empleo para los jóvenes que nos ocupan es en la Sierra Norte de Madrid, recurso que, además de escaso, no está dando respuesta convenientemente a los jóvenes en riesgo de exclusión de la zona, en especial a las mujeres.

La vulnerabilidad del colectivo de los jóvenes con respecto al fenómeno de la exclusión social es, ante todo, un problema de carácter laboral, pues durante las edades tempranas de la vida laboral la probabilidad de exclusión del mercado de trabajo y la incidencia de la precariedad en el empleo son muy superiores a la media, lo que en último extremo puede desembocar en deficientes condiciones de vida y un limitado acceso a bienes y servicios básicos.
La correlación entre tasa de empleo y tasa de población en situación o riesgo de exclusión social es clara: a más empleo, menos pobreza, y a menos pobreza más inclusión social.